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El escultor se
pregunta cuándo debe dar por concluida su obra. vacila muchas veces y al fin se
decide. Decía Pablo Picasso, jocosamente, que terminar una obra era «acabar
con ella». Seguir o terminar, ésta es la cuestión.
Una pieza concebida para ser contemplada desde cerca,
como las de orfebrería, requiere un acabado perfecto de sus formas, sobre todo
en los perfiles. Las obras alejadas del espectador no necesitan, naturalmente,
un acabado semejante.
Una escultura sigue un proceso de elaboración
que es preciso conocer para valorarla juiciosamente. El boceto es por
fuerza algo inacabado, pero, desde el punto de vista de su función, es una
pieza satisfactoria, que no requiere afinamiento. Hoy se los ha vindicado y
suscitan enorme interés. En ellos se ve la huella de la mano, incluso con las
impresiones digitales del artista. Son obras terminadas en su proceso; no han
requerido el menor afinamiento.
Cada obra tiene su instante terminal, sólo el
artista sabe a veces cuál es. Para la crítica siempre fue motivo de reflexión
esa «no terminación» de ciertas esculturas de Miguel Angel. Se la justificaba
por las crisis, los desmayos del artista. Hoy se sabe que hay una intención más
profunda que define toda una concepción del arte, y el «non finito»
del maestro constituye una de sus mayores glorias. La verdad es que no se sabe
qué impresiona más, si lo acabado o lo no acabado, donde se percibe el
esfuerzo de la figura por abrirse paso a través de la materia, materia
embrionaria que ya anuncia a un nuevo ser. Hay emoción palpitante; es como el
instante de un alumbramiento. También queda la incertidumbre y el misterio, el
amor a lo desconocido.
En el repertorio de instrumentos de escultura, el
puntero es el que inicia el proceso con el desbastado; luego se utilizan los
cinceles. Miguel Angel empleó el cincel dentado, de diferentes cortes y
dientes, y a medida que avanzaba, el rayado se hacía más a menudo, se acercaba
a la emoción de la piel. Los abrasivos suavizarían luego la superficie,
borrando esa huella. Pero Miguel Angel percibió que con la huella del cincel
dentado la obra latía, y por ello, en ciertas esculturas detuvo el
proceso; continuó alisando ciertas partes, pero dejó en otras la evidencia del
desbastado y el cincelado. Hoy nos acercamos a esos fragmentos con veneración.
Nos ha ofrecido el singular privilegio de enseñarnos como procedía, aunque no
se propusiera darnos una lección de técnica. Para él, la obra quedaba acabada
justo en ese momento. Miguel Angel sabía que la figura cobraba con ese
inacabado una vida interior más intensa, al paso que valoraba la «textura».
Se trata, por consiguiente, no sólo de otra técnica, sino también de otra estética.
La Piedad, que se halla en la catedral de Florencia, «inacabada», y por
tanto terminada, no es ni siquiera un producto del siglo XVI, habría que
ponerla junto a la pintura de Rouault, por la factura abocetada y la fuerza
expresiva de las almas .
Lo de Miguel Angel no es ni mucho menos excepcional,
aunque sí lo más glorioso. Las obras inacabadas menudean, aunque se trata más
bien de accidentes, de interrupciones del proceso, generalmente por
fallecimiento del autor.
Estas mismas reflexiones pueden aplicarse a las obras
que han llegado hasta nosotros incompletas. La manía de las restauraciones, el
afán de completar lo que llegó arruinado, ha ocasionado no pocos daños, a
veces irreparables. Hay esculturas descabezadas, sin brazos, ni piernas, y la
imaginación de los historiadores se empeña en completar la figura. Pero la
obra merece todo nuestro respeto, y sólo en aquellos casos de absoluta
certidumbre puede reconstruirse una obra. Lo contrario es ilícito: en todo
caso, debe evitarse la reconstrucción de un original. La Victoria de
Samotracia o la Venus de Nilo deben ser para nosotros obras
completas, en manera alguna mutiladas.
Pero no hay duda de que el proceso normal de ejecución
se dirige hacia el acabado, que en cada género escultórico es diferente y, por
lo general, se encomienda a ayudantes. El refinado se lleva a cabo con materias
de grano fino y abundante agua, hasta obtener el pulimento deseado.
Nunca se ha afinado tanto la superficie del mármol como durante
el período neoclásico, en que el sombreado de las superficies desaparece.
También el bronce conoció cuidadosos acabados. Los broncistas alemanes del
siglo XVI, Benvenuto Cellini y los Leoni se esmeraron hasta el delirio en el
afinado del bronce, y sus esculturas son ya pura orfebrería. Después de
vaciadas, las trataban con el cincel y limas, añadían labores nuevas a punta
de buril y finalizaban con el dorado a fuego, todo lo cual hacía de estas
piezas objetos suntuarios.
Estos acabados, propios de «virtuosos» que persiguen
la perfección, son en general, pese a sus excesos preciosistas, trabajos muy
meritorios. El grupo escultórico de Leone Leoni que representa a Carlos V
dominando el furor, es una obra ejemplar, en la que se dan cita una
armoniosa composición y una técnica magistral.
Como ya hemos dicho, una de las peculiaridades de la
escultura es que puede ser apreciada mediante el tacto, sentido que en el
proceso de elaboración desempeña un papel importantísimo, sobre todo en el
acabado y el moldeado. Si el mismo escultor se sirve del tacto, no puede
asombrar que también el contemplador procure hacer los mismo. Los ciegos, a
quienes se autoriza a tocar las esculturas en los museos, ponen de relieve las
virtudes exploratorias y cognitivas del tacto.
El respeto a la «textura» regula el acabado.
La materia no debe ser desnaturalizada. Ciertos materiales, por ejemplo, han de
poner en evidencia su rugosidad, como ocurre en la escultura férrica de nuestro
tiempo. La incorporación de nuevos materiales exige prudencia y discernimiento
en la operación de acabado. La madera, la arenisca, el bronce, el hierro, el
granito tienen fronteras propias que, confrontadas con los propósitos creativos
del artista, determinarán el momento y la manera en que debe llevarse a cabo
dicha operación.
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